Estudié ingeniería en computación, y sin darme cuenta, sintonizando con la tecnología aprendí a ver el mundo como una colección de problemas a resolver.
Era una forma de pensar increíblemente útil. Hasta que empecé a usarla conmigo misma.
Intenté resolver la ansiedad. Disipar la tensión. Entender los vínculos. Encender la creatividad.
Entonces la fotografía llegó a mi vida, como un rayo, y en un susurro hizo una pregunta distinta:
¿Y si no hay nada que arreglar?¿Y si no falta nada?
Esa pregunta me fue corriendo del camino de la mejora personal y me abrió otro: el del despliegue. Dejar que lo que ya está, se muestre. Me llevó a la Técnica Alexander, y más tarde al coaching. Hoy las tres prácticas me siguen enseñando lo mismo:
La cualidad de nuestra atención cambia la experiencia.